El Portal Peruano de Arquitectura
 
     

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Arqs. Adolfo Córdoba y Carlos Williams





por el Arq. José Beingolea del Carpio


PARTE 3: El Arquitecto moderno: efímero artista y tecnócrata (1945-1980)


Se inicia en 1945 la reforma educativa en la Escuela Nacional de Ingenieros y en especial en el Departamento de Arquitectura, escenario activo del proceso impulsado por los estudiantes más avanzados que consiguen nuevos profesores y cursos: Luis Miró Quesada en “Análisis de la función Arquitectónica”, Fernando Belaúnde Terry en “El problema de la Vivienda” y Paul Linder en “Estética”.

Ese sería sin duda un antecedente decisivo para la formación en 1947 de la Agrupación “Espacio”, vanguardia peruana de la Modernidad impulsada y formada por estudiantes y profesores del Departamento de Arquitectura de la ENI, con la adhesión de algunos jóvenes artistas.

Las novedades en su vertiente racional, pueden resumirse en la introducción del funcionalismo como fundamento proyectual, la forma ya no debía responder a preconcebidas normas “estilísticas” externas, sino que surge como representación de las demandas específicas de cada programa arquitectónico, y su racional distribución, su situación y el uso de los materiales y tecnologías constructivas.

Hay sin embargo una vertiente esencialmente intuitiva: la del acercamiento al arte que está presente tanto en la expresión del edificio como en el proceso de aprendizaje, en especial en el primer Curso de Diseño, el Taller Básico de inspiración Bauhausiana, así como en otros cursos de arte: pintura, escultura y en los de Estética e Historia del Arte.

Se cerraba así un proceso manifiesto desde las primeras décadas del siglo, lo que cambió sin embargo fueron los referentes: el arte de la Ecole de Beaux Arts es reemplazado por el de las vanguardias artísticas del movimiento moderno.

La tecnología constructiva quedó relegada en el Plan de estudios, pero se mantuvo como parte del dogma funcionalista, al interior del Taller de Diseño.

Debe precisarse que inicialmente el discurso artístico introducido en la formación fue bien complementado por la visión funcionalista con un nivel de rigor que consolidó una visión cuya vigencia –con decisivos matices y deformaciones- continúa vigente hasta el día de hoy.

En 1944 se crearía el Instituto de Urbanismo de Lima, mientras en 1947 como Diputado y en ejercicio de su función política, Fernando Belaúnde impulsaría la creación de la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo (ONPU), formalizándose la primera especialización del Arquitecto peruano: la del urbanista, con sus propios espacios para la formación y el ejercicio profesional.

Después de 1945, el contexto económico y político está caracterizado por el proceso de reconstrucción europea que favorece la exportación de materias primas en medio de la reiterada hegemonía de Estados Unidos.

En Latinoamérica en este periodo el modelo de Sustitución de Importaciones crea una fugaz bonanza para la inversión en la obra pública y las demandas producidas por el desarrollo de la industria privada.

La vivienda masiva pública y privada, los equipamientos urbanos colectivos y la explosiva expansión urbana, son los principales espacios de actuación del arquitecto, que desde las prestigiadas y centralistas oficinas sectoriales proyecta para las distintas ciudades del país mientras en ellas empiezan a instalarse los primeros arquitectos liberales, ligados especialmente a un incipiente y pequeño sector privado.

Es el mejor momento de las oficinas públicas donde la tecnocracia consolida importantes experiencias y forma en la práctica especialistas que desarrollan un know how desgraciadamente no sistematizado ni legado a la posteridad.

 


Los planes urbanos también se formulan en Lima, trámite estadías temporales e intentos de articular oficinas ejecutoras en los propios Municipios locales, casi siempre con poco éxito, así ocurrió en Piura, Chiclayo, Trujillo y Cuzco.

A inicios de los sesenta otro perfil especializado está ya consolidado: el de la restauración, y el espacio en el cual se manifiesta será la Junta Metropolitana Deliberante de Monumentos de Lima, vigente entre 1962 y 1963, y reunió a Héctor Velarde, Luis Miró Quesada, Víctor Pimentel –el único especialista de profesión-, entre los más importantes. Las primeras experiencias de restauración se iniciaron a mediados de los años 20, se multiplicaron y afinaron a inicios de los cuarenta, siendo puestos a prueba después del terremoto de 1950 en el Cusco.

Fernando Belaúnde Terry al ser elegido en 1963 Presidente de la República, lleva la imagen del arquitecto a un inmejorable nivel, la del joven y carismático político con un respetable perfil tecnocrático. Es el zenit de la trascendencia del arquitecto peruano, presente en el ámbito público y privado, en el ámbito técnico y político.

Se produce la modernización del aparato público y una tímida descentralización, dando lugar a la creación de oficinas sectoriales (vivienda, educación, salud, agricultura, etc) que generan una demanda de profesionales, entre ellos, de arquitectos que constituirán en estos años la primera memoria moderna del aparato público sectorial, que tuvo algunas oportunidades para desarrollarse, hasta los años ochenta.

Como en la década anterior, la demanda en el campo privado mejoró, dando lugar al ejercicio liberal de la profesión, aunque de manera puntual y no muy extensiva.

En este periodo, las relaciones entre gobierno y Universidad llegan al punto más alto del periodo moderno, la Facultad de Arquitectura es una suerte de brazo técnico gubernamental, externamente el arquitecto asume importante cargos públicos, hay una inconsciente o explícita identificación política del arquitecto con el proyecto político acciopopulista.

La creación del Colegio de Arquitectos y el Colegio de Ingenieros en 1962, en el gobierno de la Junta Militar, señala la modernización de la actividad gremial en el campo, superando la figura de la “Sociedad” como forma de organización gremial, pero sobre todo deslindando con mayor precisión las competencias profesionales: el Diseño y el Urbanismo para los arquitectos, el cálculo y la construcción para los Ingenieros Civiles. Eso permitió formalizar el tema de los honorarios profesionales que mejoraron la posición de los arquitectos respecto a lo que ocurría cien años antes, los honorarios del arquitecto adquieren el nivel que sus responsabilidades y prerrogativas le imponen dentro del equipo profesional que realiza el expediente técnico de Ingeniería.

Fernando Belaúnde ve así realizados uno de sus objetivos expresados al fundar la revista “El Arquitecto peruano”: el deslinde de las competencias profesionales y la formalización del ejercicio profesional, a través de la obligatoriedad de la inscripción del título profesional en el Colegio que es la única institución, hasta hoy, que legitima y autoriza el ejercicio profesional.

Otro de sus objetivos no abandonados, aunque sí replanteados, fue el de la vivienda colectiva impulsada por él desde su época de Diputado (1945-48), esta vez ya no sólo en Lima, permitiendo consolidar la experiencia especializada de un conjunto de arquitectos ligados a la Corporación Nacional de la Vivienda, y es que según Miguel Cruchaga(7), los jóvenes arquitectos que salían de la Universidad en aquellos años, tenían dos misiones básicas: hacer arquitectura moderna y diseñar la vivienda colectiva.


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(7) Miguel Cruchaga Belaúnde, “Una terecera misión en arquitectura”, ediciones FAUA UNI, Lima, 1993.


Arq. Héxtor Velarde
















Arq. Luis Miro Quesada



En esa euforia, en Lima ya existía desde 1962 un nuevo núcleo académico para ala arquitectura, la Universidad Nacional Federico Villarreal, y se fundan las Facultades de Arquitectura regionales, creando los núcleos académicos en Arequipa y Huancayo (UNSA y UNCP, 1964) luego en el Cuzco, en un momento en el que la Universidad pública crece, asumiendo el prestigio de toda la administración pública. Su soporte lo constituye aquella primera generación de arquitectos que desde los años cincuenta empezó a afincarse en Piura, Chiclayo, Trujillo, Huancayo, Arequipa y Cuzco.

Se trata de espacios para la identidad y trascendencia social del arquitecto, con repercusiones y desarrollos diferenciados. En Arequipa su presencia y trascendencia es notoria, en los casos del Cuzco y Huancayo el aporte del espacio académico no llega al nivel deseable.

El número de arquitectos afincados en estas ciudades refleja el lento desarrollo del mercado local, lejos de satisfacer las demandas en ciudades que ven asomar el impacto de las migraciones internas, provocadas por la fugaz industrialización, en particular en las ciudades de Arequipa y Trujillo que desarrollan sus Parques Industriales. Y es que fuera del ámbito público, y a pesar del desarrollo de la emergencia de la clase media, el arquitecto era un profesional que seguía sirviendo fundamentalmente a la elite socioeconómica dominante.

Al finalizar los sesenta (1969) surge el primer núcleo académico privado para la arquitectura, convertido con el tiempo en la Universidad Ricardo Palma.

Mientras a inicios del periodo anterior, los referentes utilizados fueron la arquitectura Racionalista de la anteguerra, a fines de los años sesenta la Arquitectura peruana había disminuido la brecha en la actualización de la información, sus recursos humanos -la prestigiada tecnocracia-, recibía perfeccionamiento y especialización en el extranjero, y tenían influyentes niveles de decisión en los entes rectores del sector público, es el mejor momento de la tecnocracia.

El arquitecto es visto como el hábil profesional que propone soluciones “novedosas” –en tanto alejadas ya de los estilos, antiguos y partícipe de uno nuevo-, fácilmente potenciadas por la retórica de los nuevos y variados materiales de importación. El arquitecto diseñador se afirma, tiene un lugar en el seno del sector público, y también en el de la burguesía burocrática y la emergente pequeña burguesía.

Pero a fines de los sesenta el arquitector se ha alejado ya de la construcción; la orientación artística resultó efímera y transitoria, el arte sería objeto de crítica y desprestigio en tanto expresión elitista, por parte del progresismo ideológico sociologizante que domina en los años setenta. La modernidad había sido efímera, , convirtiéndose en sinónimo de formalismo intuitivo y arbitrario, había perdido espesor y contenido, deviniendo modernismo o sea “estilo moderno”.

En el panorama de conjunto, dominaban las arquitecturas “desarrollistas”, pero también estaban las versiones singulares de los mejores proyectistas locales que se apropiaban y desarrollaban versiones personales de la arquitectura internacional; también prosperaban con madurez las propuestas de arquitectura como síntesis de tradición y modernidad.

En 1968 el Golpe de Estado a Fernando Belaúnde resultaría también un golpe a la imagen del arquitecto. El carismático y joven profesional moderno y progresista se transformó –cuando menos-, en el cándido y distraído idealista traicionado por su propio entorno político. La Carretera Marginal, esa proyección espacial de la política como lo señala bien Antonio Zapata(8), se convierte así para la colectividad peruana en el ilusorio producto febril de un soñador.


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(8) Antonio Zapata, “El joven Belaúnde”, Editorial Minerva, Lima, 1992.


La caída definitiva del modelo de Sustitución de Importaciones fue violenta con la toma del poder por los militares que enarbolarían un nuevo modelo para el desarrollo: el Capitalismo de Estado, tendiente a consolidar una Burguesía nacionalista con el auspicio del Estado.
Su discurso ideológico es nacionalista y populista, la más recalcitrante derecha peruana sería definitivamente anulada política y económicamente.

Las incómodas relaciones entre el Gobierno militar que derrocó al Arquitecto Fernando Belaúnde Terry, y el gremio, se “resolvió” fácilmente con la creación del Ministerio de Vivienda en 1968 y con el nombramiento de un Arquitecto como Ministro.

Por su parte, el Colegio de Arquitectos se haría cargo de los megalómanos concursos de la obra pública del régimen, participando activamente en este proceso, aportando una discutida arquitectura monumentalista y “nacionalista” de dudosa legitimidad, los arquitectos se plegaron al sistema. Los arquitectos como colectivo profesional, son activos instrumentos de afirmación gubernamental pero a diferencia de la década anterior, por interés, no por convicción. Los de filiación marxista se “infiltran” en el aparato público para “radicalizar” el discurso ideológico gubernamental.

La arquitectura pública domina ampliamente adoptando la versión formalista del brutalismo monumentalista y el International Style o a una síntesis de ambos, del credo funcionalista van quedando así débiles fragmentos.
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Por su lado la Universidad pública se enfrenta al poder e inicia –sin percatarse- la ruptura con el Estado, iniciando la crisis presente, alimentada también por el sociologismo que se desprende de la dominante ideología marxista. El correlato contestatario a la arquitectura sería la crítica al formalismo y el elitismo, enarbolando un racionalismo sustentado en el materialismo histórico y el llamado a resolver los “problemas de la realidad”, aunque en la práctica el alejamiento de ella fuese más que evidente(9), debido al mecanicismo y el dogmatismo ideológico. La crisis del objeto también ocurriría en éste ámbito, internamente, no se encuentra correspondencia entre el discurso ideológico “realista” del progresismo, y su implementación en el plano pedagógico y mucho menos, en el proyectual.

Los principios de la enseñanza moderna han perdido contenido, se mantienen a fuerza de no tener cómo reemplazarlos, el aislamiento de la cultura arquitectónica peruana del ámbito internacional impiden la dialéctica, recortando el horizonte y la proyección.
Sin embargo algunos reductos logran desarrollarse, así ocurrió con el óptimo desarrollo de la conservación del patrimonio monumental, con la creación del Instituto Nacional de Cultura (INC) en 1971 y el desarrollo del Plan COPESCO. Las primeras experiencias en este ámbito se consolidan en 1939 con la creación de la Comisión de Restauración de monumentos coloniales y tendrían ocasión de experimentarse luego de los sismos de Lima, Cuzco, Arequipa y Trujillo en 1940, 1950, 1960 y 1970 respectivamente. Pero será en el ámbito del INC, principalmente en Lima y Cuzco, donde se consolidará el primer núcleo tecnocrático especializado en Restauración del Patrimonio Monumental, instrumentando práctica y académicamente por el apoyo de UNESCO al Plan COPESCO en el Cuzco. Se proyecta así a nueva especialidad del arquitecto Restaurador.

La planificación –al estilo del los países del “Socialismo real”-, estuvo a la orden del día, fue el instrumento para la operatividad del Proyecto nacionalista y populista del Capitalismo de Estado propugnado por los militares. El nuevo perfil del arquitecto planificador, transita así en el ámbito multidisciplinar y goza del prestigio que en aquellos días aún mantiene el tecnócrata.

En el ámbito del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS) se incubó el acercamiento del arquitecto a las demandas del urbanismo periférico o marginal, su producto paradigmático sería la Comunidad Autogestionaria de Villa El Salvador, encargado a las oficinas del Ministerio de Vivienda en 1971. Se confirma así un filón más del perfil del arquitecto Urbanista.


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(9) Augusto Ortiz de Zevallos, “La arquitectura ante o bajo el poder”, en revista DEBATE, No. 6, enero de 1981p. 55.

 


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