El Portal Peruano de Arquitectura
 
     

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Un poco de Rafael Marquina, arquitecto
por Miguel Santiváñez Pimentel


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Rafael Marquina es uno de los líderes del movimiento generacional que formula por primera vez en nuestro país una arquitectura con identidad nacional. El período en el cual produce su obra –la primera mitad del siglo XX– está signado por dos acontecimientos importantes: el primer centenario de la independencia y la superación de la humillante derrota de nuestro país en la Guerra del Pacífico. Celebración por un lado de la libertad, y por otro, toma de conciencia de nuestra realidad en el continente.

El primer siglo de vida republicana había sido una serie de pugnas por el poder de pequeños caudillos, hasta alcanzar cierta estabilidad real en la década del 1870, con el primer gobierno civil de la república de José Balta. Así, se emprende un agresivo plan de expansión ferroviaria para comunicar nuestros vastos territorios y llega un contingente de profesionales extranjeros que desarrollan una serie de importantes obras públicas. Serían ellos mismos quienes además fundan en 1876 la Escuela de Ingenieros, primer centro de formación tecnológico y profesional del Perú.

Es en medio de este pujante proceso de expansión e integración que el país es sorprendido por la invasión bélica proveniente de la antigua capitanía del sur. Ante la eventualidad, se dan muestras de heroísmo, pero también señales equívocas provenientes de diferentes sectores de nuestra sociedad. Lima se salvó gracias a una providencial intervención extranjera, totalmente ajena al conflicto. Definitivamente, el Perú no sabía a ciencia cierta quién era. Hubo voces inclusive que después de superado el amargo incidente pretendieron voltear la página sin mirar atrás. Manuel Gonzáles Prada no lo permitió.

En este contexto, y coincidiendo con los dorados años 20, los arquitectos de la época asumen el deber social de construir una nueva imagen de nuestro país y emprenden con entusiasmo la labor de rescatar y reformular sus elementos más representativos. Así, se supera paulatinamente el afracensamiento de moda que había imperado en los últimos cincuenta años tanto a nivel arquitectónico como urbanístico (el academicismo Beaux Arts era la regla en aquel entonces) y aparece el neo colonial como una afirmación de lo peruano, reconciliación de nuestra herencia colonial como capital del virreinato más importante de esta parte del continente. Se darían también intentos de incorporar el legado prehispánico, pero sin resultados exitosos, al menos en la arquitectura. Es que el país todavía no había curado una herida que aún hoy continúa abierta y no se ha terminado de reconciliar con toda su historia.

Correspondió a esta generación construir los espacios públicos que hoy son los más representativos en nuestra tradición popular. Y, probablemente el mayor logro urbanístico y arquitectónico de este período es la Plaza San Martín, que fue definida por diferentes arquitectos, entre los cuales Rafael Marquina es el más destacado, y ha alcanzado un nivel de identidad excepcional en nuestra sociedad. Como contraparte con las plazas radiales y los boulevares afrancesados inaugurados poco antes, se crea una plaza barroca en estilo español en el corazón de nuestra capital. Su éxito fue tan inmediato como perdurable, superando inclusive en aceptación a la propia plaza mayor.

Al interior de la Sección de Arquitectos de la Escuela de Ingenieros, a Marquina le tocó liderar a un grupo de brillantes profesionales peruanos formados en el exterior o extranjeros que vinieron y se quedaron en nuestro país. La institución se convirtió en un centro cultural que trascendió el ámbito puramente arquitectónico, pues la Escuela Nacional de Bellas Artes, el centro llamado a asumir este liderazgo, no superaría sino hasta mucho después la formación Beaux Arts. Confluyeron, pues, alrededor de los círculos académicos de los arquitectos, descollantes pintores como Enrique Camino Brent o el mismo José Sabogal, que sería quien posteriormente revolucionaría la ENBA.

El fin de esta etapa se daría abruptamente con la irrupción de la modernidad y el nacimiento de la Agrupación Espacio, que relegaría a la historia las corrientes academicistas, desprestigiadas por la identificación que habían tenido con ellas los regímenes totalitarios ansiosos de resucitar los antiguos imperios continentales, derrotados ya por entonces por las fuerzas aliadas en la segunda guerra mundial. Marquina, conciente de la irreversibilidad de este fenómeno, dedicaría entonces sus últimas fuerzas a consolidar el Consejo Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos, antecesor del INC, y dedicarse de lleno al rescate de nuestro valioso patrimonio urbano y monumental.

Pero inclusive en esta siguiente etapa, los arquitectos que han trascendido son aquellos que dejaron atrás lo estilístico pero retomaron las búsquedas de identidad nacional de la generación precedente, como serían Luis Miró Quesada, Carlos Williams o José García Bryce. Y debido también al fracaso de las propuestas del urbanismo moderno, nuestras ciudades no han sido aún ahora capaces de emular los logros de aquella época, a la cual vuelven la mirada los estudiosos. Nos toca ahora mirar al futuro, pero esto sólo puede hacerse a partir de una atenta lectura de nuestra historia. En estos tiempos, nuestros aportes al mundo globalizado sólo pueden estar ligados a la comprensión de nuestra singularidad social y heterogeneidad, para lo cual es imperioso conocer el más fecundo y logrado período de búsquedas de nuestra identidad arquitectural.
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